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Entre Luisa
de Carvajal y el conde de Gondomar. Nuevos textos sobre la persecución
anticatólica en Inglaterra (1612-1614) Adelaida Cortijo, University of California, Berkeley Antonio Cortijo Ocaña, University of California, Santa
Barbara Los textos que presentamos aquí pertenecen a la Colección Fernán Núñez
de la Biblioteca Bancroft de la Universidad
de California (Berkeley). Como otros muchos
de la colección (ver mi La ´Fernán Núñez
Collection´ de la Bancroft Library, London: Queen Mary and
Westfield College,
2000 para una historia de la colección y un análisis de su contenido),
se relacionan con la familia Fernández de Velasco, que ocupó puestos
de importancia política en España, Italia e Inglaterra durante fines
del siglo XVI y comienzos del siglo XVII.
Los textos en cuestión son copias de tres cartas: dos de ellas enviadas
desde Inglaterra a España por un anónimo religioso N.N.
a un conocido suyo del Seminario de Sevilla (la primera es la Copia
de una carta de Londres escrita por un sacerdote de los que andan
trabajando en la conversión de Inglaterra a un conocido suyo que está
en el Seminario de Sevilla, en que le da cuenta del estado presente
de la religión y de algunos martirios y otras cosas de edificación
[8-XII-1612]; la segunda se titula Copia
de otra carta del mismo [15-II-1614]);
la tercera fue enviada por el embajador de España en Inglaterra, don
Alonso de Velasco, a Felipe III (Copia de una de Londres a 18 de junio de 1613 que
escribió al rey nuestro señor don Alonso de Velasco, embajador de
su majestad en Inglaterra). Como el embajador estaba emparentado con el duque de Frías, así se explica
la pertenencia de los tres documentos a la colección. Las cartas se escriben en forma de relato y participan de un carácter entre
noticiero y hagiográfico. Se dan cuenta en las tres de sucesos ocurridos
entre 1612 y 1614 y que se refieren a las curas milagrosas del llamado
Niño de los Milagros (ver infra
nota 9 para más detalles), así como a las muertes edificantes de varios
religiosos y laicos por defender su fe católica. El hecho de que muchas de las referencias a personas y lugares puedan atestiguarse
por medio de otras fuentes (ver las notas al texto) nos indica que
no estamos ante literatura ficcional, sino
ante relatos verídicos. Las cartas nos trasmiten el estado
de cosas referente a la persecución contra el catolicismo en Inglaterra,
mayormente en Londres y sus alrededores, durante la época de Jaime
I. Los sucesos tienen lugar entre la época en que fue embajador en
Inglaterra don Alonso de Velasco (1610-1613) y los primeros momentos
en funciones del famoso embajador, su substituto, el conde de Gondomar.
También se hace referencia en uno de los documentos a la presencia
en 1612 en Inglaterra de doña Luisa de Carvajal y Mendoza, emparentada
con el embajador español y que desempeñó una labor proselitista y
abanderada de la fe católica. En el texto se mencionan con insistencia los Seminarios o Colegios Ingleses
de Sevilla, Roma y Douai. Se trata de Seminarios
católicos para ingleses (también escoceses, galeses e irlandeses)
fundados en el continente europeo como consecuencia de la separación
de la Iglesia de Inglaterra con Enrique VIII.
En España se fundaron los de Valladolid, Sevilla y Madrid; en Francia
el de Douai; en Italia el de Roma. Una gran
parte de los estudiantes de estos seminarios se educaron con el propósito
de regresar a la misión inglesa, es decir, de volver a Inglaterra
con el propósito de lograr su conversión al catolicismo. Una vez allí
muchos fueron encarcelados por desempañar labores proselitistas del
catolicismo, o simplemente por ejercer de sacerdotes y confesores.
Junto a ellos, también fueron encarcelados un gran número de ciudadanos
laicos, hombres y mujeres. Se les seguía a todos ellos un proceso
de acusación tras el que, de ser condenados, podían pagar con su vida
o la confiscación de bienes y el pago de fuertes multas. En el caso
de los religiosos, éstos debían pronunciar lo que en el texto se llama
el juramento y que se refiere al juramento de adhesión (Oath
of Allegiance),
que significaba jurar los llamados Thirty-Nine Articles, derivados de los Forty-Two Articles escritos por el
arzobispo de Canterbury Thomas Cranmer
en 1553 (y a su vez basados en los Thirteen
Articles firmados por Enrique VIII
en 1538). Fueron desarrollados por el Concilio de Canterbury
en 1571 ante la iniciativa de la reina Isabel I y firmados por ella.
Tratan de los puntos de doctrina aceptados comúnmente por católicos
y protestantes y de los puntos de disensión entre ellos. La negativa
al juramento solía (como ocurre en el texto) pagarse con la muerte.
Los textos que presentamos también son de relevancia por cuanto los documentos
existentes sobre martirios de católicos en Inglaterra en esta
época no son numerosos. Tras varios intentos, y gracias a documentos
como los que presentamos aquí, se intentó en diferentes ocasiones
lograr la canonización y beatificación de algunos mártires ingleses
bajo el papado de Gregorio XIII entre 1580 y 1585 y bajo el de Urbano VII en 1642. Sólo a partir de 1888 se reabrió su causa en
Roma y se reunieron más de 500 documentos de más de 2000 páginas que
condujeron, después de 1906, a la proclamación de varios mártires,
beatos y venerables ingleses e irlandeses (entre ellos, como el caso
más famoso, María Estuardo)
[1]
.
A la situación religiosa de persecución se une el contexto político en
que situar los acontecimientos. Los textos aquí editados ocurren en
el reinado de Jaime I de Inglaterra y Felipe III
de España (1578-1621). La política exterior de Felipe III
se centra en la firma de tratados de paz con Inglaterra y Francia
y la firma de la Tregua de los doce años con Holanda. La hija
del rey, Ana, se casí con Luis XIII de Francia. Esta
situación de paz frágil aparece mencionada en nuestros textos. El
reinado de Jaime I (1603-1625), hijo de María Estuardo, estuvo agitado por las luchas religiosas; los católicos ingleses, que esperaban
mucho de él, vieron con desconcierto como el carácter pusilánime del
rey, con sus veleidades e inconstancias, le enemistaba con el papa
Clemente, lo que le condujo a emprender persecuciones en masa contra
los católicos, que se redoblaron a raíz del descubrimiento de la llamada
Conspiración de la pólvora, en la que estuvo a punto de perecer.
Firmó con España una paz en 1604 y estuvo interesado por firmar un
acuerdo matrimonial entre las dos coronas que no llegaría a realizarse.
Sus relaciones con el Parlamento inglés tampoco fueron fluidas. Así,
mientras éste defendía al elector del Palatino en su lucha contra
España, el monarca se empeñaba en negar su apoyo a Federico V, su
yerno. A estas persecuciones religiosas, fomentadas por el arzobispo
de Canterbury entre otros (el falso obispo de los textos
editados aquí) y a este ambiente político precursor de la Guerra
de los Treinta Años, hacen referencia nuestros documentos.
En los textos también se dejan entrever dos figuras
de importancia. La de doña Luisa de Carvajal y Mendoza, uno de cuyos
criados, en el relato de la segunda carta, acude tras el ajusticiamiento
de un sacerdote para recoger sus reliquias, y la del conde de Gondomar,
don Diego Sarmiento de Acuña, cuya llegada para substituir
al embajador Alonso de Velasco es inminente en el tercer texto. Doña
Luisa de Carvajal y Mendoza (1568-1614) había llegado a Inglaterra conmovida por
la noticia de la ejecución del jesuita Henry Walpole
en 1595, que la llevó a dedicarse a la causa de la conversión inglesa
a la fe católica. Tuvo un papel activo en la dotación económica al
Colegio Inglés de Jesuitas en Lovaina, luego trasladado a Watten,
cerca de Saint Omer, en 1612. Doña Luisa
llegó a Inglaterra en 1605 y bajo la protección del embajador de España
en Londres, don Alonso de Velasco, se empeñó en la protección a los
acusados de la llamada Conspiración de la Pólvora (Gunpowder
Plot), que había intentado derrocar el gobierno de Jaime
I. Fue arrestada en 1608, aunque se la liberó por mediación del embajador
español. Murió poco después, antes de que triunfaran los intentos
de expulsarla de Inglaterra. Educada por su tía abuela, doña
María Chacón, camarera de las infantas Isabel Clara Eugenia y Catalina,
tuvo una educación esmerada y contacto con la élite
del poder. Doña Luisa desarrolló una intensa pasión religiosa y por
las letras. A los diecisiete años, y tras superar su deseo inicial
de hacerse monja, comenzó a sentir "grandes deseos de martirio",
deseos que la llevaron a conjurarse para defender y amparar a los
que sufrían persecución por culpa de su filiación católica. Ya en
la Corte, llevada bajo el amparo de su tío, Consejero de Estado y
Guerra, inició una campaña dedicada al servicio de Dios y en la que
destacan sus contactos con la orden jesuita, la que acabaría donando
toda su fortuna. En Valladolid tomó la resolución de acudir a Inglaterra
en pos del martirio, habida cuenta de la terrible persecución que
allí sufrían los católicos de dedicar sus esfuerzos personales y su
ayuda económica a la misión de Inglaterra. El 24 de enero de
1605 inicia su extravagante viaje. El 1 de mayo de este año la recibe
en Londres el superior de los jesuitas, Enrique Garnet, quien procura por todos los medios disuadir a doña
Luisa de sus deseos de martirio, pues la situación político-religiosa
pide calma y serenidad. Doña Luisa emprende de inmediato un público
y continuo hostigamiento contra el protestantismo de sus forzosos
anfitriones: se enfrasca en agrias discusiones con los más fanáticos
defensores de la herejía anglicana, realiza frecuentes y ostentosas
visitas a los católicos recluidos en las cárceles por causa de su
fe, desgarra públicamente los carteles antipapistas que los ingleses
tienen colgados en sus vías y establecimientos, y promueve sin temor
ni fatiga cuantos disturbios y altercados puedan difundir su nombre
y alertar de su presencia "evangelizadora" en la isla. Sufre
encarcelamiento en 1608, en Londres, y es liberada gracias a la labor
de Alonso de Velasco. Al poco tiempo de haber quedado libre, emprende
la macabra campaña de recoger los miembros amputados de los católicos
ejecutados por descuartizamiento, despojos que ella misma adecenta
y guarda amorosamente en cajas de plomo, para reverenciarlos como
si se tratasen de auténticas reliquias sacras. Funda una congregación
religiosa, la "Compañía de la Soberana Virgen María". Ante
ello el arzobispo de Canterbury ordena su
nuevo encarcelamiento, disposición que se verifica un 28 de octubre
de 1613. Al cabo de tres días, una segunda mediación del jefe de la
diplomacia española obtiene el perdón y la excarcelación de doña Luisa
de Carvajal y Mendoza, a condición de que tan tenaz hostigadora abandone
el territorio inglés. Enferma de gravedad, el propio Felipe III
dicta una orden en la que exige a doña Luisa su inmediato retorno
a la Península. Sin haber cumplido la orden, doña Luisa morirá el
2 de enero de 1614
[2]
.
El conde de Gondomar,
Diego Sarmiento de Acuña (1567-1626), fue un diplomático español,
embajador en Inglaterra, y que llegaría a ser una de las figuras más
relevantes en la corte de Jaime I. Don Diego Sarmiento desempeñó dos
importantes misiones diplomáticas en Inglaterra, en 1613-18 la primera
y en 1620-22 la segunda. Su objetivo central en la primera fue persuadir
al monarca inglés para abandonar su alianza con Francia y con las
países protestantes de Europa y formar una alianza con España. Entre
otras cosas llevó a Jaime I la oferta de la mano de la hija de Felipe
III para el heredero del trono inglés. Como
consecuencia de ello, Jaime I viajó a Madrid a finales de 1622, acompañado
de su hijo Carlos (futuro Carlos I) para negociar el matrimonio con
la infanta María (recordemos que Ana de Austria, la primogénita del
Felipe III , había contraído nupcias con Luis XIII
de Francia en 1615). Éste no llegaría a realizarse y se acabaría concertando
el matrimonio del heredero inglés con Enriqueta, hermana de Luis XIII de Francia. Don Diego Sarmiento concitó durante sus años
en Londres la enemistad del pueblo inglés e incluso llegó a ser la
figura del antihéroe en varios dramas de la época, entre los que destaca
A Game at Chaess
(1625), de Thomas Middleton. En medio, pues, de una revuelta Inglaterra en la
que proliferan las luchas religiosas, en un clima de pactos entre
las potencias europeas y esperando a las puertas conflictos como la
Guerra de los Treinta Años, los textos de la Colección Fernán
Núñez nos permiten acercarnos con documentos de la vida real al
problema religioso y político de los años 1612-1614. ***** Vol. 9 (D-3). II + 35 + IV.
Encuadernación
pergamino. Papel. Letra humanística ½ siglo XVII.
2 manos, con tinta sepia y negra. Autores:
N. N., monje sevillano, y Alonso de Velasco, embajador español en
Londres. Buen estado de conservación, aunque con manchas de humedad.
Guillotinado en el margen superior, aunque no afecta al texto. Restos
de tiras de cierre. [f. 1r] Copia de una carta de
Londres escrita por un sacerdote de los que andan trabajando en la
conversión de Inglaterra a un conocido suyo que está en el Seminario
de Sevilla, en que le da cuenta del estado presente de la religión
y de algunos martirios y otras cosas de edificación. Su fecha es a
8 de deciembre 1612 Recibí la de V.M., que fue de singular consuelo por traer tan buenas nuevas
de la salud de todos los amigos y conocidos en esas partes; muchos
años la gosen, pues tan bien la emplean.
Por acá andamos en mar alterada llena de borrascas y tempestades tan
furiosas, que las olas de la persecución se alcanzan las unas a las
otras y por momentos parece nos quieren tragar; andan de tal suerte
tras nosotros que por la mañana no sabemos adónde hacer noche, ni
cuando anochece adónde amanecer. Nunca ha habido tan grande aprieto
y cada día se puede [f. 1v] temer mayor, si Dios con su poderosa mano
no lo remedia, porque el rey ha cometido el cuidado principal de la
persecución a el falso obispo de Canturia
[3]
, hombre el más
cruel y sediento de sangre de católicos que hay en el reino. Él importuna
al rey que le dé licencia para ahorcar sacerdotes y estos días pasados
insistió mucho que se diese la muerte a un padre de la Compañía de
Jesús que sus espías habían prendido saliendo una mañana de casa del
embajador de España. Y se ofrece no dejar papista en Inglaterra, si
el rey le diere la licencia que él desea y pretende. Tiene tantas
espías y alguaciles en todo el reino que no hay lugar ni hora segura:
a media noche entran de mano armada en las casas de los católicos
buscando los más escondidos rincones; sacan de sus camas por fuerza
los caballeros, las señoras, las doncellas católicas; maltrátanlos,
y de las camas las llevan a los cárceles entre los facinerosos y ladrones.
No hay cosa más ordinaria que confiscar el rey las haciendas de los
católicos dándolas a escoseses y a otra
gente [f. 2r] baja que se las pide por miedo, cosa que los católicos
sienten más que la misma muerte, y con razón, pues siendo muchos dellos
caballeros y gente noble y rica se ven forzados a echarse a puertas
ajenas, sus haciendas perdidas, sus familias arruinadas, sus mujeres
y hijos sin remedio
[4]
. Y como si no
bastaran las leyes ya echadas contra los católicos con ser las más
apretadas y crueles que jamás en nación ninguna cristiana ni bárbara
se han hecho contra delincuentes ningunos, por enormes que hayan sido
sus delictos, están ahora de nuevo imaginando
y maquinando otras penalidades contra los que no recibieren sus comuniones,
que se casaren siendo católicos, que bautizaren sus hijos con sacerdote
católico y tuvieren criados católicos. Y pagando ya el marido católico
80 escudos al mes por no ir a los templos de los herejes, no contentos
con eso mandan ahora de nuevo echar en las cárceles públicas a las
señoras y matronas católicas, que fuera de lo que pagaban sus
maridos paguen también por sus personas otros 920 escudos al [f. 2v]
año por no ir a los templos de los herejes. Y a quien no tiene caudal
para pagar esta suma le quitan las tres partes de la hacienda, dejándole
la cuarta parte para sustentarse a sí, sus hijos y familia. Las cárceles en todo
el reino están llenas de católicos y aquí en Londres tanto que ya
no caben mas. En sola la cárcel de Nugate
hay 25 sacerdotes y casi otros tantos caballeros y señores principales,
todos encerrados en una sala pequeña adonde es fuerza estén ahogados
y consumidos con la estrechura y mal olor y otras incomodidades del
lugar
[5]
. En la misma cárcel ha
habido estos días presos y sacerdotes dese
Seminario de Sevilla
[6]
, pero ya murió
uno dellos consumido con las incomodidades
de la cárcel y los herejes le mandaron enterar en un muladar. Otros
dos han tenido comodidad para librarse y así no quedan más que 4 presos
al presente. A uno de los cuales mandó llamar ante sí el falso arzobispo
examinándole de muchas preguntas y él respondió a todas ellas con
mucha constancia y donaire, que las respuestas han sido famosas en
toda la ciudad. Pero sobre todo lo que
más nos aflije y da cuidado es el juramento
de fidelidad con que nos aprietan
[7]
, o [f. 3r] por
mejor dezir de infidelidad, porque, aunque
tiene algunas cosas lícitas, como es profesar la obediencia y fidelidad
al rey, otras hay ajenas de la verdad y pureza de nuestra santa fe
y contrarias a toda razón. Este juramento manda el rey que tomen todos
sus vasallos de Inglaterra, cometiendo la ejecución al de Cantuaria
y ordenando a los del Consejo del Estado que le asisten en ello, y
para poner más calor en el negocio el mismo rey ha ido varias vezes
en persona a los jueces antes de irse a sus distritos encargándoles
usen de todo rigor, no disimulando ni dejando pasar a nadie sin tomar
el dicho juramento. El que rehúsa de tomarlo por el mismo caso pierde
toda su hacienda y queda condenado a cárcel perpetua, como han quedado
y quedan muchos caballeros católicos por todo el reino
[8]
. Con las señoras principales
católicas se había disimulado algo hasta aquí, pero agora
manda el rey en adelante se proceda con sumo rigor contra todas, aunque
sean títulos y aunque sus maridos no sean católicos, cosa que hasta
aquí no se había usado. Algunas más flacas temen la cárcel, pero las
más se muestran tan constantes y varoniles que dicen [f. 3v] que no
han de consentir que sus maridos las rediman con dineros, que es lo
que el rey pretende, sino que se queren estar presas, como de hecho lo están muchas y muy nobles,
y si todas tuvieran esta resolución hicieran amainar esta gente que
anda sólo tras el dinero y nunca se harta de chupar las haciendas
de los católicos. Ésta es una breve suma
de nuestras miserias, que si a la larga se hubiesen de referir no
bastaren cartas ni aún volúmines para escribirlas,
y por lo poco que dellos he contado pueden
entender los que en estas partes se están ensayando para entrar en
esta batalla cuán grande caudal de virtud y espíritu sea menester
para una empresa tan ardua y dificultosa para hacer rostro a tan fuertes
y crueles enimigos como son los que por
acá han de hallar. [El niño de los milagros] Pero por que no piensen
que en medio de tan grandes afliciones se
discuida Dios de consolar y animar a los suyos con regalos
y favores celestiales, referiré en ésta brevemente alguna de las muchas
cosas que a este propósito se pudieren escribir, porque entiendo será
de mucho provecho para V.M. y [f. 4r] consuelo
a todos los conocidos el saberlas. Y en primer lugar cumpliré lo que
V.M. me ha mandado en otras suyas, es a
saber, que le enviase alguna relación de las cosas maravillosas que
Dios estos años ha obrado por medio del niño tan celebrado de los
milagros. Hasta ahora no sólo había podido hacer por no haber tenido
noticia cierta de sus cosas; ahora la tengo muy cierta y por medio
de personas fidedignas que conocieron y trataron al niño y a sus padres
y fueron testigos de vista de cuanto en ésta escribere,
y así no dejaré de cumplir con lo que V.M.
me manda. Es cosa muy notoria
en todo el reino de Inglaterra cuántas y cuán grandes maravillas ha
sido servido Dios nuestro señor de obrar por medio deste
niño, que es nacido de padres católicos y nobles en el mismo reino.
Su padre era hombre principal del condado de Notingamia,
llamado Nicolás Blundestonio, y la madre
doña Margarita Wiseman
[9]
. Dióles Dios a este hijo después de otros 6 hijos varones que
habían tenido sin hija ninguna. Nació el año de 1603, a 8 días de
septiembre. En el bauptismo diéronle
por nombre Juan, y el día que le baptizaron
repicaron [f. 4v] las
[10]
campanas en las
3 parroquias más cercanas todo el día, diciendo la gente que, pues
Dios había dado a los padres deste niño
7 hijos varones sin hija ninguna, a éste que era el séptimo había
que dar alguna gracia y don particular suyo. Esto se decía y creía
de muchos constantemente que desearon y procuraron tener la crianza
del niño, y aun ofrecieron a sus padres grandes sumas de dineros para
alcanzarlo. Los padres poco antes se habían convertido a la fe católica
y, aunque no hacían mucho caso de lo que otros se prometían del niño,
pero reparando en los dichos de tantos acudieron a Dios con sus oraciones,
y en especial la madre, rogándole ahincadamente que para su mayor
confirmación en la fe que muy poco antes había recibido se dignase
de dar a aquel niño alguna gracia y don suyo particular. Y Dios oyó
sus oraciones como se verá. Creciendo el niño Juan y teniendo año
y medio de edad, viviendo ya sus padres en la ciudad de Londres y
estando la madre y una dueña suya haciendo labor con un bufetico
delante junto a una ventana, una taza de vidrio de Venecia que él
estaba jugando con ella [f. 5r] la dejó caer en el bufete tres o 4
veces sin quebrarse. Viendo esto la madre, mandóle al ama quitarle la tasa de las manos; ella quiso sacársela
de las manos haciendo fuerza y diciéndole que la quebraría, pero el
niño la arrojó luego la ventana abajo y cayó encima de las piedras
y guijarros de la calle. La madre le riñó dándole algunos bufetoncillos
y diciendo que era mal muchacho y travieso, pues había quebrado la
tasa. Lloraba el niño y mirando a la calle señalaba con el dedo pronunciando
lo mejor que podía “Allí, allí”, con lo cual su hermano mayor que
estaba presente mirando a la calle vido
que la tasa no se había quebrado. La madre no lo creía que se la trujeron
entera y sana. Después de haber pasado este caso y algunos otros que
a los padres del niño y a cuantos los supieron parecían más que ordinarios,
diose noticia de todo a algunos sacerdotes católicos y ellos,
examinada la verdad, los tuvieron por milagrosos, y lo de la tasa
comparaban algunos con aquel insigne milagro del glorioso San Benito
cuando mandó al dispensero echar una redoma
de vidrio desde una ventana alta encima de las peñas y no se quebró
[11]
. Por este tiempo
le nació a la madre [f. 5v] del niño uno como cáncer en la mano y,
no obstante muchos remedios y diligencias que usó para curarse, fue
el mal creciendo de manera que in cinco meses se apoderó de toda la
mano con muy agudos dolores, y ya parecía no quedar otro remedio sino
curtarse la mano, por que el cáncer no fuese
poco a poco cundiendo por todo el cuerpo. Estando la buena señora
en esta aflición y cuidado, entró un día en su casa cierto caballero
deudo suyo, y estando en conversación le dijo que cómo tenía la mano
de aquella manera teniendo el doctor en casa, que así siempre solía
llamar a el niño Juan. La señora, de probar todos los remedios después
de haber salido el caballero, llamó a el niño, que entonces tenía
dos años de edad menos un mes, y le mandó decir en nombre del Padre
y del Hijo y del Espíritu Santo. No hubo remedio de hacerle aprender
[12]
las dichas palabras
en lingua inglesa hasta que la madre mandó
al hijo mayor enseñárselas en latín y entonces las tomó luego, y tomadas
las dijo haciendo la señal de la cruz
[13]
sobre la mano
encancerada de su madre. Y con no saber pronunciarlas aún distintamente,
al cabo de las dichas palabras él mismo de suyo añadió “Amén, Amén,
plega Dios”; y después de haberlo
[14]
hecho cuatro
o cinco días quedó la mano [f. 6r] de su madre tan buena y sana como
si jamás hubiera tenido nada. Una doncella católica,
hija de un letrado, desde su niñez fue fatigada con tantos y tan continuos
dolores que muchas veces la dejaban casi sin sentido. Gastó su padre
mucho dinero en curarla, pero últimamente, viendo los médicos y cirujanos
que sus remedios no aprovechaban, antes iba cada día creciendo el
mal. Resolvieron que era necesario curtarla
la pierna. La doncella, temiendo aquel martirio, respondió con resolución
a su padre y los doctores que se ponía en las manos de Dios para que
su divina majestad hiciese della lo que fuese servido, pero que jamás consentiría que
le cortasen la pierna. Con esto los doctores la dejaron y, veniendo
a casa de su padre un sacerdote católico que tenía noticia de algunas
cosas que había hecho el niño Juan, hízola
llevar allá. Al principio no quiso tocar la pierna de la doncella
(piénsase por estar tan asquerosa), pero
al fin lo hizo y, después de haber puesto la mano y benedecido
con la señal de la cruz por algunos días, quedó perfectamente sana
y buena. Una mujer pobre de la
provincia de Norfolcia perdió la vista y
después de haber estado ciega por espacio de un año y medio vino a
Londres a curarse. [f. 6v] Gastó en la cura todo cuanto tenía y sin
provecho; tuvo noticia deste niño, que entonces tenía 3 años de edad, fue allá y
dentro de media hora que hubo puesto
[15]
la mano y hecho
la señal de la cruz sobre los ojos de la mujer cobró la vista muy
clara y distintamente como si jamás hubiera tenido defecto alguno. Un hombre pobre trabajador
llamado Juan Coale, vicino
de la calle de San Juan en Londres, cayendo de una escalera se quebró
el brazo derecho y atormentó todo el lado, de manera que todos entendían
quedara tullido. Pero, acudiendo a el niño, él le toco el brazo rezando
sus oraciones y haciendo el señal de la cruz
y luego quedó perfectamente sano y sin lesión alguna. De la misma manera sanó
otra moza de servicio, que de una caída se había quebrado el brazo,
y después de haber estado manca un año entero
pensaba irse a vivir al hospital, por haber gastado todo cuanto tenía
en la cura y no hallar remedio. Una mujer casada llamada
N. Hoson, vecina de Holborne,
había estado tullida de pies y piernas por espacio de 7 años, y, después
de haber probado todos los remedios que cirujanos, nigrománticos y
hechiseros le supieron dar, no halló mejoría ninguna, antes
fue creciendo el mal tanto que de puro dolor no sufría llegar los
pies al suelo. Y desta manera la trujeron
al niño, [f. 7r] y
[16]
en tocándola
ella dio un grito muy grande con el agudeza del dolor que sentía,
pero luego cesó el dolor y ella anduvo por la sala como si nunca hubiera
estado tullida, y quedó y está hasta el día de hoy perfectamente sana. Un criado del conde
de Salopia
[17]
había estado
cojo por espacio de 16 años, sin poder estender
la pierna ni poder llegar al suelo más de los dedos del pie; tocóle
el niño Juan rezando y haciendo la señal de la cruz, como solía, y
la tercera vez quedó bueno y sano. Un niño de 9 meses,
estando una noche estando una noche en la cuna dispierto,
cayóle polvo en los ojos y para sacarlo
hizo tanta fuerza la madre que le torció un ojo y perdió
la vista dél. No bastaron para curarle
muchos remedios que se le hicieron, hasta que la madre, teniendo noticia
del niño Juan, envió allá el ama con su hijo en los brazos; y, aunque
él solía llorar y gritar todas las veces que le tocaron a el ojo,
pero llegando a Juan se estuvo muy quieto, dejándole soplar en él,
tocar y hacer cuanto quiso, y antes de partirse de aquel lugar cobró
perfectamente la vista. Por evitar prolijidad,
dejo de referir en particular las curas milagrosas que hizo este niño
de perláticos
[18]
, de ciegos, de
sordos, de cojos, de contrechos, de gotosos de [f. 7v] gota coral,
de cuartenarios y otras enfermedades de 3, de 9, de 11,
de 16, de 20 y de 22 años y más. Curó muchos lamparones
[19]
, postemas peligrosas,
llagas y secas pestilentes, corintos de ojos, dolores muy agudos y
de muchos años de cabeza, de pecho, de brazos, de piernas, que ningunas
medicinas ni remedios humanos habían podido curarse. Curó muchos niños,
de los cuales unos habían nacidos ciegos, otros mudos, otros tullidos,
y otros con otros defectos; y en espacio de 24 días sanó de varias
enfermedades a más de quinientos y 60 personas, y de sólo los cojos
y tullidos que en este tiempo curó quedaron en casa con sus padres
once pies de palo y 37 muletas, las cuales la madre guardaba en el
oratorio. El
[20]
modo que tenía
en hacer las dichas curas era hacer la señal de la santa cruz y decir
“In nomine Patrii et Filii
et Spiritus Sancti, Amen. Deus in adiutorium
meum intende. Domine ad adiuvandum me festina.
Domine exaudi orationem
meam et clamor meus
ad te veniat”
[21]
, y luego añadía
in lingua inglesa “Dios os bendiga y sane;
amén, amén; plega a Dios”.
[22]
Y esto repetía
3 veces en honra de la Santísima Trinidad, haciendo juntamente la
señal de la cruz. Al principio se fueron tomando por fe y testimonio
con todas las circunstancias de las personas y enfer[f. 8r]medades, hasta crecer tanto
el número dellas y el concurso de los que
acudían que no fue posible proseguirse. Acaecía algunos días amanecer
a la puerta de la casa deste niño más de
400 personas y otros más que 500 buscando remedios para sus enfermeddes
y otros movidos de deseo y curiosidad de ver lo que pasaba. Unos ofrecían
grandes sumas de dineros a los padres del niño, otros al mismo niño
traían dones y presentes, pero ni él [sic] admitieron
jamás cosa alguna, diciendo no era justo vender aquel don de Dios,
sino repartirse liberalmente a todos, así como Dios liberalmente se
lo había dado al niño. Con este concurso de gente se fue divulgando
tanto la fama del niño y de los milagros que hacía que los predicadores
herejes, sabiendo que sus padres eran católicos y que el niño curaba
con la señal de la santa cruz, que ellos aborrecen, y que las oraciones
que decía eran en latín (cosa que los de su secta no usan, sino antes
las tienen por señal cierta de ser uno católico), comenzaron en sus
sermones a predicar contra él y contra sus padres en los sermones
que hacían en la cruz de sant Pablo de Londres,
que es el puesto más famoso del reino, diciendo unos que el niño y
sus padres eran nigrománticos y hechiseros, otros que las enfermedades que curaba no [f. 8v]
eran verdaderas, sino fingidas y aparentes, y otros que el niño curaba
en virtud del demonio. Aconteció estar un día
presente a un sermón desto una señora llamada
Anna Foresta, a quien el niño había curado y que conocía bien
a sus padres. Esta señora, oyendo decir tantas afrentas y mentiras
contra el niño y sus padres y sabiendo de cierto que eran mentiras,
dijo que si la religión de predicador es como su sermón, todo ella
es mentira y que no pensaba siguirla más,
y así, tocada de Dios, luego se convertía a la fe católica con mucho
dolor de la vida pasada. Estando ya este negocio
tan público, los comisarios supremos, que son como inquisidores contra
los católicos, quisieron averiguar si era verdad lo que deste
niño se decía, y entre otros milagros que el niño Juan hizo fue restituir
la vista a un viejo de 53 años de edad. Éste había sido criado de
la reina pasada
[23]
, y, porque había
perdido la vista estando en su servicio y él gastado todo cuanto tenía
en curarse, sin hallar remedio, la reina le dió
ración por todos los días de su vida. Y por ser el hombre muy conocido
en Londres sonó mucho este milagro y así los comisarios, antes de
hacer otras averiguaciones, le llamaron in se[f. 9r]creto,
haciéndole muchas preguntas y diciéndole que no había estado ciego
de veras sino fingido estarlo. Él respondió constantemente que había
estado ciego de veras por espacio de 22 años, desde el año de 1585
hasta el de 1607, y trujo testigos abonados que en otro tiempo lo
habían conocido y tratado. Y, ya que los comisarios no podían probar
que se había fingido ciego, quisieron probar si agora
fingía que tenía vista; y para hacer la experiencia hicieron traer
allí delante aves y peces de varias especies y formas, los cuales
él fue nombrando luego cada cosa por su nombre con gran admiración
de los presentes. Con esto le dispidieron,
pero ordinaron que no se le diese en adelante
más ración. Los comisarios, mientras
estaban examinando a este hombre, habían enviado con un alguacil a
llamar el padre del niño, el cual no se halló en casa; pero, en veniendo luego, acudió al obispo de Londres a ver lo que su
señoría le mandaba. Preguntóle el obispo
su nombre y él se lo dijo, y adónde vivía. Preguntóle
el obispo si el niño hacía las curas que dicían.
Respondió que a esa pregunta podían satisfacer mejor los que habían
sido curados y su mujer, que había asistido siempre en casa y sabía
lo particular de todo. Preguntóle de qué
religión era, añadiendo que creía y confesaba la santa fe católica
romana. Con esto le dispidió el obispo, mandándole [f. 9v] que el día siguiente
por la mañana volviese y trujese consigo
a su mujer y al niño y algunos de los nombres que habían sido curados.
Hísolo ansí. En
lugar de los nombres trujo consigo algunas de las personas que habían
sido curadas por el niño, uno de los cuales había sido tullido de
los brazos y agora traía el niño en ellas.
Pareció por ante el obispo y comisarios la madre del niño, a la cual
ellos hicieron varias preguntas, y en particular si era papista como
su marido, si sabía que aquel niño, su hijo, había curado algunos
enfermos, y si ella juraría que las enfermedades eran verdaderas y
no fingidas. A la primera pregunta dijo la señora que ella creía y
abrazaba la misma fe que su marido. A la 2a, que sabía
de cierto que el niño había sanado a varios enfermos. Y a la 3a,
que se juraría que su mal había sido verdadero y no fingido; que lo
juraría pero que no tenía obligación de jurar por los otros. Con esto
la dispidieron y mandaron entrar 4 de las
personas que había curado el niño. Una de ellas era una mujer que
había estado surda cinco años. Preguntó
el obispo qué palabras había dicho el niño cuando la curó. Ella respondió
que no oyó ninguna de las que dijo por estar entonces surda.
¿Por qué frecuentaba las iglesias no pudiendo entender al predicador?.
Respondió ella que había estado tan surda
que aun poniéndose junta [f. 10r] al mismo púlpito no entendía, ni
oía palabra de cuantas decía el predicador, pero que no había dejado
de ir a la iglesia, temiendo no la descomulgasen, como lo suelen hazer
con los católicos que no van a ella. Instaron los demás comisarios
que ella no había estado sorda, o, si lo había estado, no el niño,
sino el demonio la había sanado. Replicó ella que sorda había estado,
y decir que el demonio la había curado no llevaba camino, pues jamás
se había dicho, ni oído que el demonio hacía bien a nadie, sino antes
todo cuanto mal podía. Con esto la dejaron y se volvieron a los 3,
examinándoles si los padres del niño habían admitido algún dinero.
Respondieron que no. Muchas otras preguntas les hicieron que por brevidad dejo de referir. En suma, todos protestaron como
sus enfermedades habían sido ciertas y graves y de muchos años, y
para certificación desto sacaron los papeles
y testimonios que para el propósito traían consigo, firmados de sus
vecinos que los habían tratado y conocido en el tiempo de sus enfermedades,
añadiendo algunos que su señoría no tenía de sospechar en favor de
los papistas, pues no lo eran, sino protestantes, de la misma religión
que el rey y su señoría. Con esto los dispidieron a todos para aquella vez, mandándolos volver el
día siguiente. Hicieronlo así, y el por
[f. 10v] qué llamaron fue [que] el niño Juan solo, sin sus padres,
entró, y le preguntaron de qué religión era. El niño respondió que
creía y abrazaba aquella fe de que dijo Sant
Pablo a los romanos “Nuestra fe es predicada por todo el mundo”, la
cual respuesta fue de grande admiración para todos y de especial consuelo
para los católicos, pareciéndoles que no había hablado el niño, sino
Dios en él. A lo 2o le preguntaron si quería ir a sus iglesias.
Respondió que no quería ir. Lo 3o le preguntaron qué palabras
y oraciones dicía cuando curaba. Respondió
que no las quería decir. Luego mandaron entrar a sus padres y les
hicieron la misma pregunta. Respondió el padre que las oraciones que
el niño decía eran In nomine Patris et
Filii et Spiritus
Sancti, Amen. Deus in adiutorium meum intende, etc., como arriba
se ha dicho. Preguntaron que por qué se habían enseñado en latín.
Respondió porque no hubo remedio de quererlas aprender en inglés,
sino que en llegando a decir “En nombre del Padre” luego paraba, diciendo
“¿Adónde está padre?”, si estaba ausente, y, si estaba presente, decía
“Ahí está padre”, sin querer jamás pasar adelante, hasta que se las
enseñaron en latín. Es de saber que los ingleses tienen todas sus preces en lengua vulgar,
y no pueden ver que nadie recen en latín, pareciéndoles que es cosa
de católicos, [f. 11r] y por eso tienen especial ojeriza contra el
niño, porque decía aquellas oraciones en latín cuando curaba, y esto
mismo fue de particular consuelo para los católicos, que tienen por
acto especial de devoción el aprender las oraciones en latín
por apartarse más de los herejes. Preguntáronle más por qué habían enseñado
al niño a decir In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti, que son palabras propias del baptismo. Respondió que porque fueron las primeras palabras
que sus padres (aunque católicos) le habían enseñado a él cuando era
niño, y las mismas debían de aprender sus señorías de sus padres.
Luego le apretaron diciendo que era nigromántico, y su mujer hechisera
y el niño Anticristo o hijo del diablo. A esto respondieron entrambos
con indignación que les hacían agravio, y que si dellos
probaban cosa que no fuese de gente muy honrada hiciesen en ellos
cualquier castigo ejemplar. Con esto los apartaron y llamaron al hijo
mayor y le preguntaron si él había sido testigo de vista de algunas
de las cosas que había hecho su hermano. Respondió que de muchas,
y que de algunas podían ser argumento las muletas y pies de palo que
habían quedado en casa de sus padres. Preguntáronle qué ganancias habían tenido sus padres y él
destas curas. Respondióles que lo
que habían sacado y gran[f. 11v]jeado
era que como acudían a su casa muchísimos enfermos, mientras aguardaban,
no puediendo llegar al niño por razón de la muchidumbre, él repartíe entre ellos
todo el dinero que traía para
remediar sus necesidades, y que a vuelta de los enfermos entraron
a veces ladrones que hurtaron tasas de plata y otras cosas de la casa,
y que esto era lo que habían ganado sus padres y él de las curas,
y no otra cosa. Dijeron [sic]. Luego llamaron algunos que habían sido curados
por el niño. Entró uno que había tenido gota coral por espacio de
15 años
[24]
. Preguntáronle si él sabía de cierto que el niño le había curado.
Respondió que el niño, ayudado de Dios. Dijéronle
que los padres del niño eran hechiseros
y que las oraciones que habían enseñado al niño eran hecheserías.
Respondió que a él no le tocaba examinar nada deso,
pero que cuanto él había entendido de las oraciones era muy bueno,
como Dios os bendiga y os sane, amén, amén, plega
a Dios. Luego llamaron a una mujer que había estado tullida 7
años y le dijeron que el demonio la había sanado. Ella respondió que
si el demonio la podiera haber sanado no estuviera por sanar cuando la sanó
el niño, y que suplicaba a sus señorías [f. 12r] le hiciesen merced
de decir adónde habían leído que el demonio había hecho bien alguno.
Replicaron mandándola decir si alguna vez había estado con los ministros
del diábolo para buscar remedio de su mal. Respondió: “He estado con
fulano y fulana, personas que han sido acusadas y traídas ante vuestra
señoría por hechiseros, y me espanto si
permitan semejantes personas en la república, y se hacen tantas diligencias
contra un niño que a nadie hace mal y a muchísimos bien”. Luego fueron
llamados los demás, preguntándoles si eran de aquella compañía infernal
y diciendo las otras palabras afrentosas, pero todos ellos testificaron
la verdad, sacando cada uno su papel, que todos traían firmados de
sus vicinos, que los habían conocido enfermos y luego sanos. Después desto otras ocho veces llamaron al padre del niño, y entre
otras cosas le preguntaron si creía que las curas que hacía su hijo
eran verdaderos milagros. Respondió que por cuanto él no alcanzaba
causa natural dellos, entendía que eran verdaderos milagros. Preguntáronle adónde había leído en la Sagrada Escritura
que hubiese milagros en estos tiempos, que ya los milagros habían
acabado y cesado muchos años ha. Respondió que deseaba él que su señoría
diese algún lugar de la Escritura donde dijese que los milagros
habían cesado en nuestro tiempo, y juntamente [f.12v] alegó algunos
lugares para probar que los milagros no habían cesado en la iglesia
católica. Replicaron que a lo menos era mucho que un niño de 3 años
fuese más privilegiado que Cristo, de quien no se lee que hizo milagros
hasta los 30 años de su edad. Respondió él diciendo: “Suplico a vuestra
señoría me perdone, milagro fue el nacer Cristo de madre virgin, y el guiar los reyes al pesebre por medio de una estrella,
y toda su niñez santísima está llena de milagros”. Y, mientras estaban
desta manera argüendo
con él, enviaron unos alguaciles a su casa para sacar della
todos los pies y muletas que habían quedado y los testimonios auténticos
que habían tomado de muchos enfermos que se habían curado y sanado
por medio del niño Juan. Ellos se quedaron con los papeles, y las
muletas y pies de palo mandaron quemar en una hoguera que de propósito
se hizo para ello. Mientras pasaban estas
cosas, los predicadores herejes en los púlpitos hacían invectivas
contra el niño y sus padres, tanto que el padre, sintiéndose muy agraviado,
se fue a quejar al obispo de Londres. Él se excusó diciendo que él
no lo había sabido, pero que le hacía saber que tenía orden del rey
para enviar por su hijo y tenerlo consigo algunos días para poder
certificar a su majestad si eran verdaderas las curas que hacía o no. Fue el niño a en casa
del [f. 13r] obispo y con él otra mujer que envió la madre. Persuadió
el obispo con buenas palabras y dineros dijese no había estado ciega,
sino veía antes de ir al niño como después. Hízolo
ella así, pero Dios la castigó volviéndola a quitar la vista, y así
quedó ciega. Luego que el obispo tuvo el niño recluso en su casa,
fueron allá muchísimos enfermos de varias enfermedades, pobres y ricos,
echando maldiciones al obispo y rogando a Dios le hiriese con algunas
enfermedades que tenían, pues les había quitado el niño que Dios les
había enviado para su remedio. Y parece que Dios les oyó, como luego
se verá. El niño, cuando entró en casa del obispo, traía una melena
larga; y pensando el obispo que su virtud estaba en los cabellos,
como la fortaleza de Sansón, mandóle cortar
la melena. Pero no por eso quitó la virtud, porque poco después llegaron
dos de la guarda del rey, el uno fatigado de la gota y el otro de
la ceática
[25]
. Venían con licencia
del rey, y el niño, puniéndoles las manos y haciendo la señal de santa
cruz, luego los sanó. Lo cual, sabido por el obispo, mandó que no
se hablase dello, porque no redundase en deshonra suya. Llegóse también otro día un ministro o cura hereje a jugar
y hacer burla del niño, diciendo: “A mí me ahorquen si tú me puedes
curar de un dolor grande de pecho que [f. 13v] traigo muchos días
ha”. Respondióle el niño: “Desabróchese
vuestra merced el jubón”. Hízolo el cura,
y habiéndole el niño puesto las manos, hallóse
luego sano y comenzó a jurar por Dios: “No siento dolor ninguno, y
si es verdad todo lo que de ti si cuenta, nuestra religión es falsa
y mentirosa”. Habiendo ya estado el niño algunos días en casa del obispo, fue allá
la madre con deseo de cobrar a su hijo, y llevó consigo a un hermano
suyo y sus otros 6 hijos, todos vestidos de una librea para con su
vista mover más al obispo. Hizieron su petición
todos, pidiendo el tío a su sobrino, los hijos a su hermano y la madre
a su hijo. Respondió el obispo: “Ojalá nunca hubiera entrado este
niño en mi casa, porque aquí han venido a mis puertas dos enfermos,
echándome mil maldiciones y rogando a Dios me hiriese con sus enfermedades,
y parece que en parte los ha oído, porque desde que él entró en mi
casa no he tenido un día de salud.” Éste respondió el obispo persuadendo juntamente a la madre diese petición al rey para
que se la volviese su hijo, porque deseaba ya verse libre dél. Con esta respuesta se fueron todos y la señora envió
los sus hijos a casa derechos, yendo ella a un negotio
con su hijo. Luego que entraron los hijos en casa, llegó un alguacil
diciendo que el arzobispo de Cantuaria enviaba
a llamar al mayor dellos con su padre y
madre. Y, como la señora no estuviese en casa, fueron el padre [f.
14r] y el hijo mayor. Y en llegando a la casa del arzobispo, los envió
ambos a la cárcel. Esta nueva, por una parte, fue de grande pena para
la buena señora, aunque, por otra, Dios la consoló con la conversión
de su hijo mayor, al cual, aunque había tratado y conversado antes
con muchos sacerdotes católicos, nunca le habían podido reducir a
la fe hasta entrar en la cárcel con su padre. Y entonces Dios le tocó
el corazón y sin otras persuasiones se hizo luego católico. Después que el niño
hubo estado 12 semanas en casa del obispo de Londres, murió el obispo.
Todos concuerdan y fue público que tuvo muy mala muerte, pero según
refiere el niño estuvo presente [sic], murió ciego, tullido,
mudo y cargado de tantas enfermedades que bien parece oyó Dios las
oraciones de los pobres. Los criados del obispo llamaron al niño para
ponerle las manos y le maltrataban, amenazándole con azotes si no
lo hacía, pero jamás podían acabar con él. Y así el obispo murió miserablemente,
con un olor pestilential que en el aposento
no se podía sufrir, y con una escuridad
tan grande que no se veían los unos a los otros. Esto es lo que refiere
el niño y aun después de vuelto a casa de sus padres la madre, deseosa
de sacarle la verdad y de ver si encarecía algo, le ha amenazado con
azotes muchas veces, tomando por acá que hablaba mal del obispo; con
todo esto nunca le ha podido sacar de la verdad y otra respuesta que
ésta: “En verdad madre [f. 14v] que vuestra merced me puede mandar
azotar si fuere servida, pero la verdad es lo que cuento”. Muerto
ya el obispo, el niño fue entregado al arzobispo de Cantuaria y él le encomendó a un capellán suyo, que le tuvo
muy guardado de modo que nadie podía llegar a hablarle. Después que su padre
y hermano mayor hubieron estado 3 semanas presos soltáronlos,
aunque por ser el padre católico ya declarado le confiscaron toda
la hacienda, que fue de 5.400 ducados de renta, dándola el rey a un
escocés, como lo suele
hacer con las haciendas de los católicos. Libre ya el padre de la
cárcel, aunque sin hacienda, comenzó a negociar la libertad de su
hijo el niño, y al fin la alcanzó, aunque con dificultad, y obligóse
a dar
[26]
dos géneros de
fiadores, como los dió. Los unos dieron
fiansas de 7.000 libras, que son mas de 25.000 ducados, que
el niño no ha de salir de Inglaterra, porque temen los herejes no
le envíe su padre a los seminarios a estudiar y hacerse sacerdote.
Los otros fiadores se obligaron en 4.000 libras, que son más que 24.000
ducados, que el niño en adelante no ponga las manos ni cure a nadie.
Pero, no obstante estas obligaciones y diligencias, después acá ha
restituido la vista a una mujer ciega de 9 años, ha sanado a un niño
católico y hecho varias otras curas. Y últimamente este año 1612 por
[27]
de Espíritu Santo,
estando [f. 15r] en casa de un caballero católico lejos de Londres,
volvió del seminario inglés de Saint Omer
en Flandes un hijo del dicho caballero que allí estudiaba y de un
corrimiento había perdido la vista, y Dios por medio del niño se la
restituó
[28]
. Ésta es, breve, la relación
de las cosas maravillosas que Dios ha sido servido de obrar por este
niño por la señal de la santa cruz, cosa que ha sido de singolar
consuelo para los católicos y no de menos confusión para los herejes.
Tiene al presente 9 años y medio de edad, y es de vivo y dispierto
ingenio; aprende con facilidad lo que se le enseña y todos sus deseos
son de ser sacerdote. Esta relación la he leído yo y la tengo en mi
poder muy a la larga y, aunque bien creo gustar V.M.
de leerla por extenso como ella está, pero por no exceder los límites
de una carta, y también por que haya lugar de escribirle a V.M.
algunos mártires y otras cosas de edificación que por acá han sucedido,
después que escribí a V.M. la postrera vez,
y no son de menos gusto que las del niño, me ha sido forzoso abreviar
las unas y las otras. Por ventura habrá tenido V.M.
más larga relación ya destos martires por vía de otros
amigos, pero no por eso dejaré yo de cumplir con mi obligación y deseo
de servir a V.M. Siete mártires ha habido
en estas partes después que escribí a V.M.:
2 de los monjes de la orden de S. Benito; 5 sacerdotes de los seminarios.
Déstos 2 pade[f. 15v]cieron en Herefordia y Ojonia
[29]
, lejos de Londres,
y así no han venido a mi noticia las particularidades de sus martirios
para escribirlas. Sólo en general he sabido que a
el de Herefordia le dieron una muerte
muy cruel. El verdugo no estaba muy ejercitado en el oficio y, así,
en abrirle y sacar el corazón tardó tanto y le trató con tanta crueldad,
que toda la gente movida de compasión dio gritos diciendo “Acaba,
acaba de despenarle”, y así con una muerte muy penosa y prolongada
dio su bendita alma al señor. El de Ojonia hizo mucho provecho en aquella ciudad mientras estuvo
preso, y aun poco antes de su martirio convertió
a la fe católica un ladrón famoso que por delicto
y por medio del mártir Dios se la dio muy buena, pues murió confesando
constantemente la fe y con grandes esperanzas de su salvación. Los otros cinco mártires
padecieron en Londres, y desos por haberme
hallado presente a sus martirios quiero brevemente referir algunas
cosas particulares. Dos dellos padecieron
habrá un año poco más o menos: es a saber, N. Wilsono,
sacerdote del seminario de Duay
[30]
, y el padre Roberto,
monje Benito
[31]
. Y este postrero
en tiempo de la peste acudió a los heridos con grande cuidado y caridad
y convertió a más de 400 personas, y sin
recelo de la contagión que se le podía pegar
[32]
los confesó y
los sacramentó con mucha devoción suya y edificación de los católicos.
Estos dos siervos de Dios, luego [f. 16r] que vinieron a manos de
los herejes, fueron echados en la cárcel de Newgate
y después de un mes fue dada sentencia de muerte contra ellos. Llegando
el día de su martirio, fueron sacados en unos zarzos de mimbres y
arrastrados en ellos desde la cárcel hasta Tibiornio
[33]
, que es más de
media legua. Fue extraordinario el concurso de gente que acudió a
verles martirizar, y por el camino, como los iban arrastrando, muchos
católicos, hombres y mujeres, sin temor de la justicia se
[34]
hincaron de rodilas, pidiéndoles su
[35]
benedición y rogándoles que en el cielo acordasen de intercedir por ellos, cosa que no dejó de poner espanto y
confusión a los herejes. Llegados al lugar del suplicio y subidos
en el carro, comenzó el padre Roberto, habida licencia, a hablar desta
manera al pueblo: “Aquí hemos llegado, señores, para dar fin a esta mortal y miserable
vida. Hannos condenado porque siendo sacerdotes
volvemos a este reino, lo cual se hizo crimen laesae
maiestatis, mártires en el año, si no
me engaño, 20
[36]
del reinado de
Isabel. Otra ofensa que no la hemos cometido y así morimos por la
religión y por aquella religión que trajo a estos reinos san Agustín,
apóstol dellos, cuando los convertió de
la idolatría a la religión cristiana. La que él profesó, hemos profesado,
y la que él predicó, hemos predicado. Él convertió
Inglaterra de la infidelidad y nosotros [f. 16v] deseábamos convertirla
de la herejía. Esta misma respuesta ante los señores. Por ésta pronunciaron
sentencia de muerte contra mí. Esta misma profeso públicamente agora
aquí, y por ella ofréscome de muy buena
gana a la muerte.” Acabadas estas palabras, comenzó el otro sacerdote a hablar desta manera: “Mi compañero os ha declarado la causa de nuestra
muerte, y así yo tengo poco que deciros. Sólo os quiero avisar que
fuera de la iglesia romana no se puede nadie salvar”. Y estas palabras
las repetieron ambos en alta voz. Prosiguiendo el sacerdote, alegó
aquellas palabras del apóstol a los de Corinto: “Omnes
nos manifestari oportet
ante tribunal Christi”, y comenzó a
declararlas, de lo cual se causó una alteración entre los ministros
de la justicia que estaban presentes. Unos decían que no se les había
de permitir hablar tanto y engañar al pueblo, y otros que no decían
cosa mala y que bien podían hablar lo que quisiesen, como no fuese
contra el rey. A lo cual dijo el sacerdote: “Yo no hablo contra el rey, antes ruego a
[37]
nuestro Señor
le prospere a él, a la reina, al príncipe su hijo, a los consejeros
y a todos sus vasallos. No es el rey causa de nuestra muerte, no,
porque de suyo es príncipe misericordioso. La herejía es causa de
nuestra muerte, y no otro.” Luego los dos mártires rezaron un poco y se hablaron entre sí, y como
pudieron con [f. 17r] los brazos atados se abrazaron ternís[im]amente y se despidieron del pueblo, y acabaron su dichosa
carrera felicísimamente y con grande constancia, dejándonos envidiosos
de su dichosa muerte. Otros dos, es a saber
el padre Guilelmo Scoto,
monje benito, y Richardo Newporte,
sacerdote del Seminario Inglés de Roma
[38]
, fueron martirizados
a 10 de junio del año pasado de 1612. Sacáronles
a juicio ante el obispo, el corregidor, la justicia mayor del reino
y otros muchos jueces, en presencia de mucho pueblo, a ocho días del
mismo mes. Leiron al monje benito su acusación, que no contenía otra
cosa más de que era sacerdote y había vuelto a Inglaterra contra las
leyes del reino. En cuanto sacerdote dijo que ni lo confesaba, ni
lo negaba, sino que quería ver cómo lo probaban. Replicaron los jueces
que el no negarlo era lo mismo que confesarlo, pero que también que
había evidencia dello, porque cuando a petición
del embajador de Saboya fueron libertados algunos sacerdotes de los
que estaban presos, él como uno dellos había
aceptado la libertad y destierro. “Verdad es que el embajador de Saboya
[39]
, sin pidirlo yo, me hizo merced de procurar mi libertad, pero yo
no la acepté como sacerdote, sino como católico que estaba preso por
su fe, como los hay tantos en las cárceles; y, aunque salí de Inglaterra
con su señoría, pero ni fue desterrado, ni me obligué yo, ni otro
alguno se [f. 17v] obligó por mí de que no había de volver más a este
reino”. Apretóle el obispo de Londres diciendo
que cuando le prendieron en el río Támesis
había echado al agua una talega que después fue sacada por un pescador,
y que entre otras cosas se había hallado en ella una faculdad
para decir misa. Respondió que, no teniendo su nombre la faculdad,
no hacía evidencia ninguna contra él, y así bien podía su señoría
volver la probanza a la talega de donde la había sacado. Apretándole
todavía más el obispo, dijo que pues tanto le apretaba, deseaba saber
si su señoría también era sacerdote, ni tampoco obispo. Declaróse
el obispo que no había querido decir que no era sacerdote, sino que
no era sacerdote papista, sacrificante de los que dicen misa. Dijo
el mártir: “No hay sacerdote ni sacrificio, ni en la ley evangélica hay otro sacrificio
que el de la misa, y así el que no la dice no ofrece sacrificio ninguno,
ni es sacerdote, ni puede ser obispo.” Al fin no pudiendo sacar otra respuesta resolvieron con todo eso de proceder
contra él comitiendo su causa, según la
costumbre, a 12 jurados, que declarasen si era digno de muerte o no.
Lo cual visto por el mártir dijo: “Maravíllome mucho que un negotio tan grave y de muerte lo quiera vuestra señoría poner
en manos de unos hombres ignorantes y idiotas como lo son esos
12
[40]
que ahí están,
que ni saben qué cosa es sacerdote, ni si es hombre, ni si no es.”
Y luego volviéndose a los 12 jurados dijo le pesaba mucho [f. 18 r] que
ellos habían de tener parte en su muerte y, pues que no había otra
cosa contra él, más que presunciones, y ellos estaban obligados según
lo alegado y probado a jusgar, les encargaba
mucho que para seguridad de sus consiencias
mirasen bien lo que hacían, porque Dios había de pidirles
estrecha cuenta de su sangre, siendo ellos causa que se derramase
injustamente. Con esto apartaron los 12 y luego volvieron dándole
por reo y digno de muerte. Se hincó de rodillas y dijo: “Gracias sean dadas a Dios. Esta nueva para mí es la más alegre y gososa que en toda mi vida he tenido”. Y luego, levantado al pueblo, dijo y añadió: “Señores, hágoos saber que soy sacerdote. La
causa por que hasta este punto yo no he querido confesar que soy sacerdote
ha sido por dejar correr las leyes su curso ordinario, y porque deseaba
ver si por solas presunciones, sin probanza, sin testigo, sin acusador
ninguno procedían contra mí. Y ya que lo he visto, confieso para honra
y gloria de Dios y de todos los cortesanos del cielo que yo, aunque
indigno, soy sacerdote católico romano y religioso de la orden del
glorioso san Benito. Otra cosa alguna más que ésta no sé ha alegada
contra mí, y así os ruego y pido a todos me seáis testigos que de
sólo ser sacerdote fui acusado y sólo por serlo soy condenado a muerte”. El otro su compañero
sacerdote era hombre de grande fervor y espíritu, a quien los herejes
habían ya antes preso y desterrado dos veces del reino, y otras tantas
había [f. 18v] él vuelto con deseo
del martirio. Preso la 3a vez, estuvo en la cárcel 7 meses
armándose con oración y otros ejercicios de virtud para la pelea que
le estaba aguardando. Por ser ya tarde no quisieron los jueces comenzar
su examen aquella noche, y así por entonces les volvieron entrambos
a la cárcel. La mañana siguiente le sacaron a él solo. Leída su acusación,
confesó de plano que era sacerdote y que había sido 2 veces desterrado
de Inglaterra sólo por serlo, y otras tantas había vuelto a ella,
añadiendo que no por eso era traidor al rey, ni al reino como en su
acusación se contenía. Replicó uno de los jueces que el haber vuelto
a Inglaterra era crimen de traición. Respondió el mártir: “No sé si es traición por las leyes nuevas de Inglaterra, bien según
las leyes de Dios no lo es, ni lo puede ser. Las leyes nuevas deste reino son hechas a contemplación de la nueva fe y la
religión que en él se profesa, y no pueden tener fuerza contra la
ley de Dios ni contra la potestad que dio Cristo a sus sacerdotes
cuando les dijo Euntes in mundum universum, praedicate evangelium omnes creaturas. Yo soy vasallo del rey de Inglaterra y, pues
jamás le he ofendido en cosa alguna, tengo derecho natural a vivir
en sus reinos; y si me dicen que soy traidor por haberme ordenado
sacerdote, yo digo que las leyes nuevas hechas en este reino contra
sacerdotes con la misma justicia se pueden haber hecho contra Jesucristo
señor nuestro y contra sus sagrados apósto[f. 19r]les, pues él y ellos fueron también sacerdotes”. Replicó el juez que la primera traición contra el rey fue trazada por
sacerdotes y papistas. Respondió el mártir que la primera traición
contra el rey fue urdida por herejes protestantes y puritanos que
intentaron matarle con un pistolete, aun estando en el vientre de
su madre. Éstas y otras palabras de grande fervor y espíritu habló
el santo mártir y, viendo que los jueces querían cometer su causa
a los 12 jurados, les rogó encarecidamente no lo hiciesen, pues aquellos
hombres eran ignorantes y simples, sino que ellos mismos como hombres
doctos y que entenderían qué cosa era sacerdote y si era traición
o no serlo, determinasen su causa y librasen a aquellos pobres hombres
de un pecado tan grave. Con todo ellos, deseosos en alguna manera
de lavarse las manos de aquella maldad, remitieron el negocio a los
12, los cuales luego le dieron por culpable de traición y merecedor
de muerte. Recibiendo el sacerdote la nueva con grandísima alegría,
fue vuelto a la cárcel hasta la tarde, y entonces los volvieron a
sacar a ambos y se pronunció contra ellos la sentencia de muerte,
la cual como ellos oyeron la recibieron con grandísimo gozo y contento
y se abrazaron dándose el uno al otro el parabién de tan dichosa suerte.
Reprehendióles el juez diciendo que no mostraban tanta modestia
como otros sacerdotes suelen mostrar en semejantes ocasiones, lo cual
hizo [f. 19v] para desacreditarlos con el pueblo, que les había cobrado
grande afición, edificándose de su constancia y de ver la resolución
y ánimo que mostraban en todas sus respuestas a los jueces. Pronunciada
la sentencia los volvieron a la cárcel, adonde quedaron toda aquella
noche con increíble gozo de sus almas y consuelo de los demás sacerdotes
y católicos presos. El embajador de España hizo todas las diligencias posibles para librarlos
de una muerte tan injusta, pero no lo alcanzó
[41]
. Y así, venida
la mañana, fue traído el carro en que habían de ser rastrados.
Los herejes madrugaron mucho, sacándoles a las 7 de la mañana, pensando
con esto excusar su gloriosa muerte y estorbar que no hubiese en ella
tanto concurso de gente como en semejantes ocasiones suele haber.
Con todo eso, no bastó su diligencia,
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porque ya estaba
junto muchísimo pueblo para verlos martirisar.
Bajaron primero de la cárcel al sacerdote Richardo
Newporto, el cual salió con un semblane
muy alegre y risueño, y, alzando ambas manos, atadas como estaban,
echó su bendición a todo el pueblo, diciendo que cuando llegase a
tierra firme se acordaría de rogar a Dios por los que quedaban en
la mar; y luego le tendieron en el carro a la mano derecha. Bajó después
el padre Guillermo Scoto, vestido de su hábito de san Benito, deseoso de morir
en él, pero no se lo permitieron, y así encima del vestido curto se
pusó una ropa negra. [f. 20r] Habló a los presentes desta manera: “Sabed, señores, que yo soy y
siempre he sido fiel súbdito de su majestad y vasallo, y he rogado
a Dios cada día por él y por todos sus reinos; no he tenido jamás
el menor pensamiento de hacer, ni dicirle
mal a ninguno, y si con dar mi vida por su majestad pudiera salvar
su alma, diérala por él de tan buena gana
como ahora la doy por la honra de mi Dios y defensa de su fe.” Con esto se tendieron en el carro a la mano izquierda y fueron ambos arrastrados hasta el Tiburno, que es lugar del suplicio. Iban los mártires puestos en una suavísima contemplación, aunque a instancia de los amigos, parte por la importunidad de los enimigos, les fue forzoso interrumpirla. Entre otros se llegaron a hablarles unos católicos que iban en un coche y los jueces los mandaron luego llevar a la cárcel, y la misma pena ejecutaron en unas mujeres católicas que dejándose llevar de su fervor y devoción se llegaron a los mártires y los cubrían con flores. Llegados a Tiburno, adonde los estaban aguardando una infinidad de gente noble y plebeya, fueron mandados subir en el carro; levantóse primero en el carro el padre Guillermo Scoto y llegándose a la horca hizo la señal de la cruz en ella besándola y diciendo “Este es el árbol de mí, tan deseado muchos días ha”. Luego subió al carro con rostro muy alegre, teniendo en las manos atada una cruz mediana y un rosario. Dio una vista al pueblo y con la cruz se bendijo a sí primero y luego a todos [f. 20v] los presentes. Habida licencia de hablar, declaró brevemente el discurso de toda su vida, su linaje, que era noble y conocido, y su crianza y estudios en la universidad de Cantuaria hasta que, alumbrado con el rayo de la divina luz, entendió la verdad de la fe católica y, habiéndola abrazado, salió de Inglaterra con deseo de satisfacer a Dios y hacer penitencia de sus pecados; y pensando consigo mismo qué estado de vida sería mejor tomar para cumplir con este su deseo, hizo elección de la sagrada orden de san Benito, y por ser religión muy dada a soledad y contempl |